Post etiquetado ‘hospital’

14 diciembre, 2011

Lo que veo con mis ojos (y lo que no)

Yo en Pocitos

Me podré quedar ciega, pero estoy terrible de ricarda, aaajajajaja.

“El velo semitransparente
del desasosiego
un día se vino a instalar
entre el mundo y mis ojos”.

Jorge Drexler

A ver chicos, yo siempre vengo acá con el mejor de mis ánimos y hoy no es la excepción, pero no les traigo buenas noticias. Ya con el asunto masticado y algo digerido, les quiero contar que la semana pasada me diagnosticaron Cataratas. Sí, tengo solo 25 años y mis ojos se empañan… primero no entendí y el médico al que fui, por algo rutinario (quería anteojos nuevos para mi escaso astigmatismo), no fue muy suave para decírmelo.

Decidí buscar otra opinión, porque no me convenció en la forma que me lo dijo. Y me lo confirmaron. Entonces he tenido que estar asumiéndolo. Si se están preocupando, les cuento de inmediato que no fue el Lupus… peor, fueron los corticoides. Inicié mi tratamiento hace casi 2 años y ahora tengo las consecuencias. Es triste, pero me ha ayudado para ver (de nuevo dije “ver”) otras cosas. Por ejemplo, para mirarme al espejo y darme cuenta de que no estoy ni gorda ni fea, que lo que yo consideraba terribles efectos secundarios no eran tales. De hecho, creo que con la baja que he ido teniendo en mis dosis de corticoides el Cushing va en retirada y con él mis mejillas y panza infladas.

El viernes pasado iba a salir en la noche y antes me miré al espejo. Me dije a mí misma: “Casi después de 2 años puedo decir que estoy como quiero”. Me dio risa lo que dije, pero sí, es cierto. Me vi y encontré que me parecía cada vez más a mí antes de enfermar, pero mejor, me encontré mejor. No sé si más linda o más mina, qué importa, me gustó verme así, arreglada, bonita. Logrando cosas, en mi caso, lograr mi buena salud, sentirme bien. A pesar de todo, a pesar de que solo alcancé a tener un par de semanas de tregua desde que supe que mis exámenes de anticuerpos estaban bien.

Y entonces ya tenía la noticia de las cataratas. Lo bueno es que me diagnosticaron a tiempo. Lo malo es que no me lo esperaba porque no me habían dicho que tenía que controlar eso… fui porque siempre voy al oftalmólogo. Lo bueno es que veo bien (certificado por la doctorciña), solo algunas molestias al sol, pero ahora estoy aquí escribiéndoles y leyendo lo que les escribo sin problema alguno. Como siempre.

Lo bueno es que es reversible y operable. Lo bueno también es que las Cataratas sí están en el AUGE así que me saldrá todo gratis y que ya tengo fecha para mi próximo control, que será el previo a la operación: en marzo debo volver al hospital para que me evalúen y ver si todo está ok. Primero me operarán el ojo izquierdo y de ahí el derecho, que son el más y el menos afectado, respectivamente. No les digo que no me asusta la idea, pero aún quedan varios meses y no quiero darme vueltas pensando en eso todavía.

Voy a ser sincera y les contaré que me pasé unas cuantas horas llorando porque una vez más no lo encontré justo, porque llevaba tan poquito tiempo sintiéndome normal y ya me tocó otra cosa nueva. Pero después pensé que algo así no me va a tirar al suelo. Cuando estábamos en el hospital le dije a mi tía que estaba casi llorando: “Tú sabes que vamos a salir de esto, como hemos salido de todo… y hemos salido de cosas mucho peores”. Lo que me da más fuerzas es saber que puedo decir eso con propiedad, que es cierto que he luchado y ganado y que esta batalla no es más complicada que otras. Por supuesto, me frustra tener que estar sacando fuerzas todo el tiempo, pero mi historia me dice que puedo y que aquí las posibilidades no son tan inciertas como las posibilidades de ganarle al Lupus.

Entonces, una vez más, respiro profundo y sigo adelante. Quedan unos meses para la operación y de ahí chao Cataratas. Ya me estoy poniendo de pie otra vez. Porque sé que puedo, porque si ya llegué hasta acá y hoy tengo mi vida en mis manos, esto no está ni cerca de poder ganarme. Confíen, porque de que se puede, se puede. Yo confío y aunque lloro, aunque sufro y me rebelo, veo hacia atrás (sí, “veo” otra vez) y estoy orgullosa de todo el camino que he recorrido. Sé que con todo lo que he pasado, tengo la fuerza para seguir caminando.

18 septiembre, 2011

Verso por enfermedad

Yo y mi guitarrón chileno

Ahí estoy cantando con mi bello guitarrón chileno, a fines de 2009.

¡Feliz 18 a todos los que pasan por aquí!

He visto que este año anda todo el mundo intentando payas en Twitter y Facebook (con desiguales resultados, debo decir). Yo antes de enfermarme le pegaba bastante a eso y hasta alcancé a tener una que otra presentación donde improvisaba y cantaba las décimas que escribía (a lo Violeta, jajajaja). Después vino Lupus, el cambio de vida y lo tuve que ir dejando.

Les quiero dejar de regalo unos versos en décimas que escribí cuando estaba hospitalizada. Fue todo un esfuerzo porque con la artritis y las vías apenas sí podía tomar el lápiz, pero lo terminé y luego repartí entre mis visitas y la linda gente del Hospital Clínico Universidad de Chile (aún lo tienen en los diarios murales de mis secciones y se me recuerda como “la lúpica que escribe”). Ahí cuento un poco la historia de lo que me pasó, en rimas. Espero que les guste y ¡que pasen lindas fiestas!

Verso por enfermedad

Me vine pal hospital
para sanar mis dolores
con la ayuda de doctores
no terminaré mortal.

Andaba de expedición
harto lejos de mi casa
cuando un ardor me abrasa
en un dedo con fruición
le di fin a mi excursión
ante un dolor tan total
porque era tan monumental
y no poco preocupante
por eso es que en un instante
me vine pal  hospital.

Como no era baladí
me internaron en la urgencia
con premura y diligencia
me metieron bisturí
pero el dedo carmesí
cambió todos sus colores
comenzó a expeler humores
yo me iba debilitando
mas ya me estaban tratando
para sanar mis dolores.

Diversos especialistas
vinieron a auscultarme
y luego de examinarme
con tomas de muestras listas
juntaron todas las pistas
respondiendo a mis clamores
y calmando mis temores
se diagnosticó un lupus
y se descartó un ductus
con la ayuda de doctores.

Recibí medicamentos
curaciones en mi dedo
y de a poco así ya puedo
olvidar mis sufrimientos
y aunque son procesos lentos
no me he sentido fatal
porque los de delantal
se han preocupado por mí
y estoy segura que así
no terminaré mortal.

Despedida

En estos días modernos
nadie se quiere enfermar
queremos aparentar
que somos frescos y eternos
por eso entre mis cuadernos
anoto para la historia
que sin pena no hay gloria
y que hay que ir adelante
con alma y buen talante
para obtener la victoria.

28 agosto, 2011

La historia de mi dedo (parte 9 y final)

Dedín y yo tomando sol por un instante.

Príncipe y yo tomando sol por un instante, la foto la tomó Dani Pérez <3 (disculpen la palidez pero es lo que hay cuando los rayos UV están prohibidos, uds. me entienden seguro).

La semana posterior al terremoto seguimos pegados a la tele y a las réplicas. De a poco nos fuimos acostumbrando y el susto fue pasando. Hasta el día de hoy, nunca más arranqué de un temblor ni me volví a asustar. Después de la operación, mi objetivo consistía en recuperarme y lo más importante: volver a caminar. Seguía todos los ejercicios de las sesiones de kinesiología para ganar algo de la musculatura perdida y esperaba con ansias el día. De a poco empecé a pararme y hacíamos unas cuatro o cinco seudo sentadillas que me dejaban muerta de cansancio, pero no quería desanimarme, lo que más quería en la vida era volver a caminar.

Entonces vino ese día tan feliz, pero lamentablemente no recuerdo bien la fecha. Mi dedo estaba sanando bien y la señora Mary seguía con sus curaciones impecables, así, un día la kinesióloga me dio autorización para intentar mis primeros pasos. Fueron desparramados y enclenques pero fueron una de las mejores sensaciones de la vida. Yo me juraba lo máximo, y sí, era lo máximo en ese momento. Quería lucirme y mostrarle a todos mi nuevo gran logro. Y también quería celebrarlo, así que pedí como algo secreto y especial (sí, nunca se enteraron en el hospital porque nos encerramos, ups) completos del Dominó para todos.

Esa tarde estuvieron mis tías, mis papás y el Rodrigo. En una escena tipo Teletón, cuando él llegó yo me paré de la cama, di unos pasos torpes hacia él y cuando llegué a su lado nos dimos un abrazo. Tan mal lo habíamos pasado y ahora ya estaba en pie. Era a la vez tener un pie dentro y el otro al fin afuera del hospital. Lo habíamos conversado varias veces, mis papás creían que pasaba algo entre nosotros y nos dejaban en la pieza solos, pero en realidad solamente conversábamos y yo en esos momentos me atrevía a decirle a alguien cómo me sentía en realidad, tanto en los días en que me desesperanzaba como en los que estaba optimista.

Después era más bacán porque llegaba a verme y era como que me pasaba a buscar para salir, porque me tomaba del brazo y nos íbamos a dar unas vueltas caminando lentito por los pasillos del hospital, entonces yo lo esperaba contenta y me sentía casi como si estuviera afuera. Para su cumpleaños le pregunté qué quería y me dijo: “Que salgas de ahí”. Y una vez me preguntó: “¿Cuándo nos vamos a ir de aquí?” Se había pasado el verano encerrado en un hospital y a mí todavía no me alcanza el corazón para agradecerle. Y también sufría, me lo dijo el último domingo que estuve ahí, mientras estábamos sentados en la sala de espera de la sección, mientras hacíamos una especie de recuento, porque intuíamos que quedaba poco. Me dijo que no me iba a ir a ver más y que yo le avisara cuando estuviera en la casa, que eso era lo que esperaba. Así lo hicimos, pues salí al otro jueves.

Tras la completada clandestina y esos últimos paseos entretenidos por el hospital, quedaban en realidad los últimos días. También un día sábado salimos con la Eli y el Felipe en la silla de ruedas para ir a conocer el Necrocomio. Yo, de pegada y de loca, quería conocer dónde ponían a los muertos, porque me habían dicho que era como tétrico y que llevaban los cuerpos a través de un túnel largo y estrecho que estaba en el subterráneo del hospital. Me llevaron, hicimos un video tipo Blair Witch Project en que corríamos por el túnel (bueno, yo no corría, a mí la Eli me empujaba corriendo en la silla de ruedas), gritábamos, aleteábamos y actuábamos. Después me fui a sacar fotos a la entrada del Necrocomio en la superficie. Fue mi turismo máximo, estaba feliz.

Por esos últimos días a mi primo chico, el Alexis, lo operaron ahí mismo de apendicitis. Ahí también me entretuve visitándolo, ya que estaba en el quinto piso y justo arriba de mi sección. Y yo estaba tan flaca y venida a menos que pensaban que me había escapado de mi propia cama del sector de Pediatría y las enfermeras me preguntaban con desconfianza de dónde venía y no le creían a la Fanny (mi tía, mamá del Alexis) que yo tenía 23 y que efectivamente era una internada de Nefro. Chistoso. Pero ese día fue más chistoso cuando quise llevar a mi mamá a ver a mi primo y nos quedamos encerradas en el ascensor por espacio de media hora, aaah, qué hermosos recuerdos. Quería contar esa historia aquí, pero es tan graciosa y pulenta en sí misma que la dejaré para después en solitario y no cortar ningún detalle (no, mamá, no te salvarás de la exposición pública).

El martes 9 de marzo tuve una pataleta. Me la pasaba entre el bien y el mal, entre el fatalismo y la buena onda, pero sobre todo ya estaba aburrida y me sentía bien, no quería seguir ahí. Clínicamente estaba mucho mejor y no podía quedarme solo para recibir las curaciones en el dedo, que además iban espaciándose. Llegó una de las doctoras que me había atendido todo ese tiempo, la doctora González, y la pobre tuvo que aguantar todo mi lloriqueo en que yo le explicaba que no pensaba pasar un fin de semana más, porque me moría de aburrimiento y porque me sentía morir, me angustiaba. Le pedí por favor que me dejara salir antes del viernes. Me lo prometió, me prometió que haríamos unos exámenes y que ella me garantizaba que no pasaría otro sábado en el hospital. Yo prometí no hacer más pataletas y no llorar más. Cerramos el trato con un apretón de manos. Cumplimos las dos.

La noche del 10 al 11 de marzo casi no dormí. Por ansiedad y porque estuvieron por horas de horas pasándome una dosis gigante de inmunoglobulina para que al salir no me agarrara una corriente de aire y muriera, aparte que aún estaba en la desnutrición por proteínas y era muy débil. No importaba la incomodidad, la falta de sueño, porque me iba a ir de ahí. Desperté y con la Ire empezamos a alistarnos. Me duché y me saqué el pijama… el problema fue ponerme ropa porque me quedaba todo nadando. Al final me puse unos bermudas que antes eran apretaditos y alguna polera, no me acuerdo bien, pero con mi ropa habitual me di cuenta de que era un literal atado de huesos. Triste, pero iba a solucionarlo, tenía que recuperar y superar mi peso (ahora peso 10 kilos más que ese día, gracias salud).

Estaba ordenado, todo listo, llamamos a mi papá para que llegara con el auto y empezar la mudanza. Yo salía a caminar por el pasillo a mirar todo por última vez, pero muy tranquila. Entonces la Ire se echó en la cama ya sin sábanas a descansar un poco, yo me tiré al lado de ella mientras mirábamos en la tele la previa del cambio de mando (oh, Piñera, haz una cosa buena y mete el Lupus al AUGE), pero entonces, ¡paf! Vino esa réplica gigante (que en realidad aplicaba como terremoto n°2) y yo tuve el impulso de pararme y salir a sapear cómo se movía el hospital. La noche del terremoto era tarde y previa al fin de semana, ahora estaba lleno de gente y todo activo. Me acuerdo de una secretaria que se aferraba a la pared y le pedía a dios que parara el temblor pero no le hicieron mucho caso. Mi papá iba llegando y le avisaron que ocupara las escaleras porque había temblado fuertísimo. Era cierto.

Así pasamos ese temblor, el otro fuerte y los demás chicos que hubo ese día. Pensábamos que era señal divina para que el Piñera no asumiera, claro, y yo estaba expectante a que llegaran mis papeles del alta. Me llevaron almuerzo y nada todavía. Me lo comí todo pero quería puro irme, no me importaba nada. Había mote con huesillos de postre y me dio rabia porque justo el último día habían eliminado esas jaleas pencas, pero bueno… ahora cualquier arroz con ratón me parece mejor que las comidas hospitalarias, ni siquiera por sabor, sino por el contexto, por la libertad.

Como a las cuatro de la tarde llegó mi salvoconducto y estuve lista para irme. Se llevaron todo al auto, desarmaron mi pieza y me subieron a una silla de ruedas para seguir el protocolo. Don José me llevó lento por el pasillo y salieron a despedirme todos los funcionarios. Yo estaba tan contenta de irme y muy agradecida de todos ellos, los quería mucho y por supuesto todavía les guardo mucho cariño, porque me hicieron toda esa estadía mucho más fácil. Les dejé aparte de mis versos (que contaban mi historia y que el otro día me los recordaron cuando fui a control) un par de regalitos que habían sido parte de la decoración de mi pieza. Antes nos habíamos abrazado con la señora Mary en mi pieza, cuando me fue a dejar mis papeles de alta, que firmé más feliz que perro con múltiples colas. Me deseó puras cosas buenas y así me fui con el mejor recuerdo del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, lugar donde aprendí tanto, me devolvieron la vida, las ganas y también salvaron mi dedito.

Llegué a mi casa y empecé a rearmar mi vida, a empezar a vivir con Lupus, a aprender más cada día, en un proceso que sigue hasta hoy y que no tengo ni idea de adónde me llevará. De ahí tuve que ir un par de veces más a curaciones al policlínico de Traumatología en el mismo hospital y no lo pasé tan bien, echaba de menos con el alma a la señora Mary, especialmente el día en que me sacaron los puntos, cerca de un mes después de la operación. Entonces, les explico rapidito porque me duele hasta lo más profundo de mi alma acordarme, me pegaron unos tirones tortuosos que me rasparon todo el huesito y me sacaron unos chillidos que hicieron que mi tía Irene entrara a la sala de procedimientos pidiendo que me soltaran y dejaran tranquila. Yo nunca había gritado por mi dedo hasta ese momento. Por suerte fue uno de los últimos episodios en que sufrí por él, pero era como que me quitaran hilo curado (estaba seco ya) justo rozándome el hueso… era como una lija, en fin… lo dejo así.

Me habían dicho que en mayo mi dedo estaría ok, pero a mediados de abril ya estaba lista. Mi dedito estaba cerrado y hermoso, hermoso como sigue hasta hoy. El otro día me lo revisaron y me lo encontraron regio, pero supongo que yo soy la única enamorada de él. Mi niño símbolo, mi recordatorio constante de la fragilidad de la vida, de la incertidumbre, la alerta para no perder el tiempo, para no amargarme por cosas que no valen la pena. Me está costando a veces, porque no siempre es facilito vivir así, pero de verdad les juro que lo intento. Hoy no ando tan de buenas pero como siempre trato de echarle pa delante. Entonces a veces lo tomo y lo beso (ehm, soy hiperlaxa) porque es mi lección máxima de mil cosas. Y esa es la historia de mi dedo, que por suerte sigue, aunque con un pedacito menos, sigue pegadito a mí.

FIN

27 julio, 2011

La historia de mi dedo (parte 4)

Dolor en el pie

Mucho dolor en el pobre pie

Era el lunes 25 de enero, primer día de curación. El fin de semana había estado con los antibióticos y a ratos la fiebre parecía ceder, pero el dedo no dejaba de doler y la piel la sentía tirante debajo de las vendas, el dedo parecía apretujarse ahí dentro. Me llevaron al Megasalud de Dorsal con Vivaceta, para no tener que ir tan lejos y porque debía ser una “curación simple”; solo debían limpiar con suero fisiológico y cambiar la gasa. No había forma de que lo arruinaran… ¿o sí?

Desde que estábamos en la sala de espera supimos que ni siquiera las recepcionistas estaban enteradas de que ellos sí realizaban el procedimiento, y después, una enfermera, o auxiliar de enfermería, confundida, me llevó a una sala para curarme. Me sacaron las vendas, las gasas y salió un dedo feo. En realidad era un algo redondeado y rojo con un espacio más rojo donde alguna vez estuvo la uña. Dolía aún, ardía aún. Hicieron la curación de forma torpe, la mujer estaba un poco asustada. Cobraron “curación simple” y me fui para la casa otra vez, con mi dedo a medias y la fiebre.

Nada, pero nada mejoró. Lunes, martes, fiebre todo el tiempo, dolor articular, los músculos. Era una inválida, me sentía tan débil. Y el dedo no dejaba de doler… se suponía que con los antibióticos y el drenaje ya debería haber estado saliendo de la infección, pero no. Miércoles por la mañana, descubrí y descubrimos en familia, que en el empeine del pie derecho, casi al llegar al tobillo, tenía una mancha morada-negruzca. Partimos al hospital, ahora yo con muchas menos esperanzas.

21 julio, 2011

La historia de mi dedo (parte 3)

dedo cheuto

Así más o menos se veía mi dedo antes del procedimiento.

Tal vez en esta parte de la historia sea conveniente empezar a fechar los hechos concernientes a mi dedo. Nos situamos entonces en el miércoles 20 de enero de 2010, justo un año y medio atrás. Esa madrugada llegué a Santiago y esa misma mañana fui con mi tía al Hospital San José, donde la dermatóloga dra. M. me vio en la buena onda, como un favor para mi tía, que trabaja ahí. Le conté lo que me habían dicho en Punta Arenas: que el dedo estaba resfriado. Claro, le causó más gracia que a mí el día anterior y me dijo que no, que estaba infectado, infectadísimo.

El dedo estaba feo y se me empezaba a hinchar el pie. La doctora me dio antibióticos y dijo que en un par de días la inflamación, la fealdad, el dolor y la fiebre debían empezar a ceder. Si no ocurría, tendría que regresar. Me fui para la casa a hacer reposo y antes que pasara un día, a la fiebre y todo ese dolor muscular, se sumó la artritis. Pensé que volvía por causa de la infección, me parecía que tenía sentido. Entonces ya todo me parecía bastante horrible porque definitivamente, no podía moverme. De pronto, como por un hechizo, uno bien malvado, era como si me hubieran desaceitado cada una de las articulaciones. Hacía tanto calor en Santiago, me llevaron a la pieza más fresca de la casa de mi abuela, que lamentablemente, tenía la cama más alta, así que ahí tenía que quedarme, y pedir asistencia si necesitaba ir al baño o moverme para cualquier cosa.

Así pasé miércoles y jueves. Más encima, cuando volví del hospital (agárrense los delicados), sufrí un pequeño accidente en el dedito. Explico cómo estaba. Tenía el dedo hinchado, rojo y quizás con materia, que nunca fue muy dada a salir, así que no piensen en pus. Debido a la hinchazón, la uña tendía a salir de su espacio, quedaba algo suelta. Por esos días estaban pintando el living donde mi abuela y los muebles no estaban en su lugar. Yo me movía con dificultad, saltando con el pie izquierdo, es decir, más torpe aún. En eso estoy cuando sin querer, le doy un chute, pero un chute cuático, a uno de los sofás, justo en el palo que llevan abajo, aterrizando sobre el palo con todo mi dedo y con nada más que el dedo. Sentí un dolor horroroso y un líquido tipo plasma empezó a salir, pero sobre todo, sentí que la uña definitivamente se había soltado. Y así quedó colgando. Pensé que podía dejarla así, porque iba a estar sin moverme… yo pensé muchas cosas que no eran nomás.

Al día viernes 22 de enero teníamos: dedo al aire, pie rojo hinchado, uña colgando, líquido con sangre saliendo de vez en cuando, fiebre que no cedía, dolor articular generalizado. Con todo esto, volví al hospital, no me quedaba otra. Me vieron de nuevo en la buena onda y me dijeron que me tenían que hacer un drenaje, pero para eso tenía que ingresar como todas las personas, lo que me pareció bien… por la urgencia, lo que no me pareció tan bien… y ahí me realizarían el procedimiento. “El procedimiento”, a mí nunca me habían hecho un “procedimiento” y no se me hacía que la dipirona intramuscular de la posta de Punta Arenas contaba (con todas las inyecciones que recibí en el mes y medio por venir, definitivamente no).

Pasé con mis dos tías y me empezaron a hacer el ingreso. En el San José, aunque había mucha más gente, todo me parecía más serio y más organizado que en Punta Arenas. Creo que afuera se quedó esperando mi papá. La verdad solo creo, me acuerdo que me llevó de vuelta a la casa, pero no sé si estuvo toda la mañana… disculpen si a veces contando me olvido o confundo cosas, pero ya ha pasado un buen rato y además fueron tiempos complicados, si se entiende…

Me acuerdo que me hizo mucha gracia que en la pulsera de ingreso decía que yo tenía 21 años. Me juraba lolita y trataba de presumir de ello. Esos días aún me quedaban ganas de presumir de algo y aún me juraba mina o la última chupada del mate o el hoyo del queque. Con un dedo podrido, pero regia igual, según yo. Ahí estuvimos esperando un rato, fue durante la mañana creo, a que me hicieran el procedimiento. Entonces me hicieron pasar a un pabellón de la Urgencia, un lugar hermoso, inolvidable, que más abajo paso a describir.

(El próximo pasaje podría ser desagradable para algunas personas).

 

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 111 seguidores